Por Myriam Méndez Montalvo
En los últimos años, Colombia ha insistido una y otra vez en la necesidad de alcanzar un gran acuerdo nacional. La idea no es nueva. Ha sido formulada bajo distintos nombres —acuerdo sobre lo fundamental, pacto social, consenso nacional— y, sin embargo, ha tendido a quedarse en el terreno de la aspiración más que de la realidad.
No es que el país no necesite acuerdos. Los necesita, y de manera urgente. Pero la experiencia reciente sugiere que el problema no radica en la falta de voluntad declarativa, sino en la dificultad de construirlos en la práctica. Quizás, entonces, la pregunta no es si debemos alcanzar un gran acuerdo, sino cómo se construyen acuerdos en sociedades atravesadas por diferencias profundas, persistentes y, en muchos casos, irreconciliables.
Para responder a esta pregunta, conviene mirar más allá de nuestras propias fronteras. Como muestra Crisis: How Nations Cope with Crisis and Change, los países que logran salir adelante no son aquellos que evitan las crisis, sino aquellos que desarrollan la capacidad de enfrentarlas colectivamente. Reconocen la gravedad de sus desafíos, asumen responsabilidades compartidas y toman decisiones difíciles en momentos críticos.
Pero las crisis no ocurren en el vacío. Se desarrollan en sociedades donde las diferencias importan. Y, como ha explicado The Righteous Mind, muchas de esas diferencias no son simplemente ideológicas, sino morales. Es decir, no se resuelven con más información ni con mejores argumentos, porque están ancladas en intuiciones profundas sobre lo que es correcto, justo o deseable. En ese contexto, pretender que el país se ponga de acuerdo en todo no solo es poco realista, sino que puede convertirse en una forma de parálisis.
A esto se suma un riesgo adicional: el de quedar atrapados en dinámicas de polarización que se retroalimentan y endurecen con el tiempo. Como advierte The Way Out: How to Overcome Toxic Polarization, cuando las sociedades entran en patrones rígidos de confrontación, cada intento de avanzar se interpreta como una amenaza, y cualquier desacuerdo se convierte en un bloqueo. El problema deja de ser la diferencia y pasa a ser la incapacidad de convivir con ella.
En este contexto, la forma en que disentimos importa tanto como aquello en lo que disentimos. Investigaciones como las de How to Disagree Better muestran que la calidad del desacuerdo condiciona la posibilidad misma de construir. Cuando el otro se siente deslegitimado, deja de escuchar. Y cuando nadie escucha, la posibilidad de acción colectiva se desvanece.
Todo esto apunta a una conclusión incómoda pero necesaria: los países no avanzan porque no logran resolver sus diferencias, sino porque no desarrollan la capacidad de actuar a pesar de ellas.
¿Cómo se traduce esto en la práctica?
Primero, implica cambiar el punto de entrada de la conversación. En contextos altamente polarizados, comenzar por la ideología suele cerrar más puertas de las que abre. En cambio, organizar la acción colectiva alrededor de problemas concretos —aquellos que afectan la vida cotidiana de las personas— puede generar condiciones para colaborar, incluso entre quienes no están de acuerdo en las causas o en las soluciones de fondo.
Segundo, exige construir formas de colaboración que no dependan de consensos totales. En sociedades fragmentadas, avanzar no es el resultado de acuerdos perfectos, sino de arreglos suficientemente sólidos para sostenerse y suficientemente flexibles para adaptarse. Algunos expertos llaman a esto colaboración elástica: una capacidad de coordinar acción sin exigir homogeneidad.
Tercero, requiere algo menos visible, pero igualmente importante: la construcción de un mínimo de sentido compartido. No se trata de un relato único ni de una visión uniforme del país, sino de un horizonte que permita orientar esfuerzos diversos. Sin algún nivel de lenguaje común y propósito compartido, la acción colectiva se fragmenta y pierde dirección.
En Colombia, ese punto de encuentro no tiene que ser abstracto ni grandilocuente. Puede ser, en cambio, profundamente concreto: hacer que la vida funcione con dignidad para todos.
Que las personas puedan vivir sin miedo. Que los servicios básicos operen. Que las reglas sean previsibles. Que el esfuerzo tenga sentido. Que las instituciones respondan. En otras palabras, que lo esencial funcione.
Este puede parecer un objetivo modesto frente a las grandes promesas que suelen dominar el debate público. Pero precisamente por eso es poderoso. Porque no exige que pensemos igual, sino que nos pongamos de acuerdo en lo que no puede seguir fallando.
En un país donde las diferencias son profundas y persistentes, tal vez el verdadero desafío no sea alcanzar el acuerdo perfecto, sino construir las condiciones que hacen posible avanzar. No eliminar el conflicto, sino aprender a tramitarlo. No aspirar a la unanimidad, sino desarrollar la capacidad de actuar juntos en medio de la diferencia. Colombia necesita acuerdos. Pero construirlos no empieza por declaraciones. Empieza por algo más básico —y, al mismo tiempo, más exigente—: demostrar que somos capaces de hacer que la vida funcione con dignidad para todos.